Un Blog Sobre Reflexiones Y Refracciones...

Bajo la influencia de la Especia Melange, la Especia de las Especias...

lunes, 5 de noviembre de 2012

Mágicas Madres

Científicos en Seattle, Estados Unidos, han encontrado material genético ajeno en células cerebrales de mujeres. Esto fue posible gracias a las diferencias que existen entre el ADN de mujeres y el de hombres. Marcadores genéticos en el cromosoma Y, que solo está presente en hombres fue encontrado en los tejidos cerebrales de las mujeres sujetas a estudio. Como ha sucedido en otros descubrimientos científicos, el hallazgo fue accidental. Los médicos estaban haciendo estudios histológicos post-mortem en mujeres, intentando hallar patrones genéticos en cerebros de mujeres que habían sufrido a lo largo de su vida el Síndrome de Alzeheimer, cuando comenzaron a encontrar marcadores masculinos en diversas zonas del encéfalo diseccionado.
 
¿Qué hace ADN de hombres en el cerebro de mujeres?
 
¿Cómo llego al cerebro?                                       
 
¿Es común encontrar ADN extraño en células y tejidos de mujeres?
 
Se cree que estos cúmulos de ADN masculino provienen del feto, que atravesó la barrera inmunológica placentaria y llego a establecerse en la madre durante el embarazo. El estudio involucró casi 60 mujeres que murieron entre 37 y 100 años de edad (en promedio a los 70 años). Varias zonas del cerebro fueron investigadas incluyendo: Lóbulos frontal, parietal, temporal, occipital, giro cingulado, hipocampo, amígdala, caudato, glóbulo palladium, tálamo, médula espinal y cerebelo.
 
Sorprendentemente se encontró ADN masculino en la gran mayoría estas zonas. Inicialmente era difícil saber si este ADN masculino provenía de células cerebrales intactas y funcionales o provenía de células muertas o fracciones nucleares de estas células. Por lo que los investigadores tiñeron de diferente color el ADN de hombres y de mujeres en tejido intacto usando hibridización in situ de fluorescencia que permite ver el material genético sin perturbar a las células. 
 
Según otros estudios en ratones, este material genético extranjero masculino se integra a las células cerebrales femeninas y funcionan como células nerviosas. Hasta ahora solo se habían encontrado células de feto en la sangre y varios tejidos (hígado y pulmón) de la madre. Este hecho demostrado y conocido, al menos a nivel científico y denominado como quimerismo, viene a explicar porque el cuerpo de la madre no tiene una respuesta inmunológica de rechazo, ante un ADN ajeno a ella, al menos a medias, pues el feto, comparte información genética con el padre, por lo cual, el organismo podría reaccionar con el mismo rechazo que en ocasiones se observa ante órganos transplantados o médula espinal. Así pues, resulta impactante es encontrar ADN masculino en el cerebro, pues la barrera entre el cerebro y la sangre es sumamente rigurosa y nadie hubiera esperado que células del feto pudieran cruzar y establecerse en el cerebro de la madre. Otro punto igualmente sorprendente es que este material genético extraño permanece en los tejidos de la madre hasta su muerte, acompañándola durante toda su vida.
 
Ahora podemos suponer que si una madre tiene material genético masculino proveniente de su hijo varón es igualmente probable que contenga material genético de sus hijas. Esto es más difícil de comprobar pues es más fácil diferenciar ADN de hombres versus mujeres que entre dos mujeres, debido a la presencia del cromosoma Y, que delata el origen masculino del gen en cuestión.
 
Este descubrimiento conlleva a varias hipótesis:
 
a)     ¿Es posible que ADN foráneo también esté presente en cerebros de gemelos (puesto que compartieron el mismo útero)?
 
b)     ¿Acaso hijos de una misma madre puedan tener ADN de sus hermanos (el ADN que dejaron otros hijos mientras ocupaban el útero materno se queda a vivir con la madre) y podría pasarse al siguiente bebe?  
 
c)     ¿Podría esta presencia de ADN de los hijos en los cerebros de sus antecesoras, explicar los extraños e inquietantes casos de telepatía, visión remota o precognición, que hasta ahora sólo figuraban eso sí, con amplitud, en los catálogos de Parapsicolgía?
 
 Actualmente se especula los efectos de estas células foráneas en tejido materno, podrían ser benéficas, dañinas o inocuas, no se sabe a ciencia cierta. Sin embargo, en este mismo experimento los científicos encontraron que mujeres con Síndrome de Alzheimer tenían menos ADN extranjero que mujeres con cerebros sanos.
 
 ¿Será que ADN de nuestros hijos (foráneo) nos protege contra ciertas enfermedades? Aunque es muy pronto para responder esta pregunta, resultados preliminares indican que estas células foráneas provenientes de los hijos durante el embarazo pudieran tener un efecto en la incidencia de cáncer y enfermedades autoinmunes.
 
Algo mas intrigante es averiguar si células de varias generaciones se mezclan en una misma persona, es decir en teoría una madre tiene células propias, de su madre y de su bebe, así el bebe podría heredar células de su abuela.
 
Dejad ahora que os ilustre, con una historia poco contada, si se os ocurre, que en el asunto que tratamos, he pasado del más muro materialismo, a la más surrealista metafísica. Lo que antes era sólo magia, en un abrir y cerrar de ojos pasa a ser ciencia, este es un hecho que se ha repetido durante toda la historia de la humanidad y debería bastar para abrir las más inamovibles mentalidades. Ahi va la historia...


Durante la Segunda Guerra Mundial, un médico de campo fue, por necesidades que escapaban a sus deseos, encargado de repartir el correo entre su batallón. Este regimiento, aún no había entrado en contienda, de modo que los días transcurrían con relativa tranquilidad. En otras circunstancias más beligerantes, en el momento de recibir el correo, este se habría repartido con la mayor urgencia, ya que la vida era efímera entre los lodos de las trincheras de las primeras líneas del frente, pero como este no era el caso, el improvisado cartero, tenía como costumbre, retener el correo con la intención de entregarlo a primera hora del día siguiente. Lo inesperado entonces ocurrió una infortunada noche. El frente fue sobrepasado y el regimiento del médico se vio envuelto en la cruenta batalla. Cuando pudo al día siguiente, el consternado médico, comenzó a entregar el correo, pero no pudo entregar una de las cartas, el soldado al que iba destinado la carta había caído en las trincheras durante la noche. Apesudambrado, abrió la carta con intención de poder hallar al remitente y escribir una disculpa por no poder haber entregado esa carta a tiempo. Lo que encontró en su interior le llenó de estupor. En la carta, escrita por una madre, ésta venía a expresar a su hijo su profunda inquietud por la vida de aquel, porque aún sabiendo que el regimiento donde éste se encontraba, estaba lejano al frente de guerra, durante dos noches seguidas, había despertado sobre las dos de la mañana, sobresaltada y con el firme presentimiento de que algo malo le pasaba o le iba a pasar. Esa fue, baste decir, la justa hora en la que su hijo, la noche anterior, había resultado muerto por un perdido obús, malogrando así la entrega del correo. El hecho, despertó y conmovió tanto la vida de este médico, que este comenzó a recabar mil datos diferentes acerca de sucesos parecidos y fue el motor del invento que más tarde le haría mundialmente famoso, aunque estas cosas no se cuenten en las enciclopedias dónde se le nombra por idear la máquina de electroencefalografía. 
 
Su nombre era Hans Berger.
 
 
 
 
 
 

martes, 4 de septiembre de 2012

El Extraño Caso Del Sastre De La Calle Luna

Tranquilidad, era lo que se respiraba un día cualquiera del año 1962, en la calle Antonio Grilo de Madrid, una tranquilidad reemplazada en bullicio de transeuntes, vecinos y turistas, debido a la festividad del 1 de mayo, día del trabajador, que se celebraba en el día en que se perpetró la tragedia. La inusual concurrencia de la vía, se ve bruscamente interrumpida alrededor de las nueve de la mañana. A través de uno de los balcones del tercer piso del número 3, aparece la silueta de un hombre en pijama, sosteniendo entre sus brazos el cuerpo aparentemente inerte de un niño. Ante el asombro de la multitud, emprende un siniestro monólogo de gritos. ¡Los he matado! ¡Los he matado a todos! ¡Podeís verlos, aquí están! ¡Los quería mucho, pero los he matado a todos, por no matar a otros canallas!, exclamaba una y otra vez con voz quebrada. Tras mostrar el cuerpo de otras tres criaturas de corta edad y ante el estupor general, el hombre desaparece en el interior de la vivienda.

La primera persona en sobreponerse del impacto inicial, es la portera de la fínca, Genoveva Martín quién inmediatamente sube las escaleras en heroíco alarde y llega a la puerta de la vivienda situada en el tercer piso y llama a su dintel. Al otro lado de este, una voz grita:¡Los he matado a todos!.., ¡Un sacerdote..., un sacerdote! La buena mujer, corre entonces al cercano convento de los Carmelitas, volviendo en compañía de un fraile, que entabló un patético diálogo con el homicida, quién le exigió la absolución antes de suicidarse. Ante la negativa del carmelita, a no ser que antes le entregara el arma, la respuesta fue una detonación de arma de fuego, que terminó por consumar el drama.

Según declararon algunos vecinos días después, el Sr. Ruíz, se había transformado. Algo terrible se barruntaba, algo terrible le estaba pasando. Pasaba mucho tiempo sólo y se volvía cada vez, más histérico e irascible. Estaba cambiando...

José María Ruiz Martínez era un hombre de cuarenta años. Sastre de profesión, regentaba un establecimiento en la calle Luna, encima de un restaurante de los entonces denominados económicos, llamado Casa Pascual. El negocio era próspero y rentable, con una notable clientela, sobre todo fundamentada principalmente en los empleados de RENFE de la cercana estación de Atocha madrileña. Hacía quince años que había contraído con Dolores Bermúdez Fernández. Marido y mujer estaban bien avenidos. Fruto de este matrimonio eran cinco hijos: María Dolores, de 14 años; Adela, de 12; José María, de 10; Juan Carlos, de 7; y Susana, que no tenía más que 18 meses.

El matrimonio acababa de adquirir unos terrenos en el municipio de Villalba, con el fin de construir una segunda vivienda, para el recreo, los fines de semana y el verano, al lado de sus padres, que tenían junto a sus hermanos parcelas cercanas y donde habían, a su misma vez, levantado sus respectivas segundas viviendas.

El sastre de la calle Luna a la misma vez que iniciaba los proyectos de construcción y repentinamente, comenzó a cambiar de carácter. Él mismo, dirigía las obras y sus caprichos y cambios de parecer le granjearon el antagonismo de albañiles y contratistas. Lo que un día le parecía bien, al otro le parecía algo detestable. En poco tiempo no halló a nadie dispuesto a trabajar en la obra, pues mandaba derribar lo que el día anterior se acababa de levantar. Volvía a casa hoscamente, irascible, muy contrariado, llegando al extremo de ser apremiado por la propia familia, para recibir tratamiento psiquiatrico. ¿Qué extraños mecanismos comenzaron a accionarse o a desconectarse en la mente de aquel, en otro tiempo, agradable y familiar hombre? ¿Cómo se puede traspasar las fronteras de la cordura hasta la más pura locura homicída en el transcurso de tan sólo un par de meses?

Lo único que se pudo saber aquella fatídica mañana del 1 de mayo, fue que a las siete y media, José María Ruiz, desperto a la sirvienta, Juana García, mandándola a la farmacia en búsqueda de unos medicamentos. La chica volvió a la media hora, aludiendo que todas las farmacias estaban cerradas al ser festivo, la reacción de sastre fue mandarla a la farmacia de guardia. Quería estar solo. Su delirante mente hundida en una profunda enajenación mental le impulsaba a consumar un siniestro propósito. El holocausto de toda su familia.

Lo que pasó en el piso antes de que José María Ruiz se asomara gritando al balcón, con el cuerpo de uno de sus hijos en los brazos, se pudo reconstruir con el auxilio del informe del forense y de las diligencias que los funcionarios del Cuerpo General de Policía, así como el Juez de Guardia, instruyeron.

Cuando se escuchó aquella detonación detrás de la puerta, a través de la cual se desarrollara el dramático diálogo entre el fraile carmelita y el sastre, ya había acudido al lugar de autos, un coche del por entonces ya popular 091, y los bomberos, que fueron los que a golpes de hacha y haciendo la puerta añicos, entraron en primer lugar en la vivienda. Detrás de los restos de la puerta, se hallaba el cuerpo del sastre, que presentaba en la cabeza, una herida de bala producida por una pistola Walther calibre 6,35, de las que el homicida carecía de la oportuna licencia. Aún estaba con vida, cuando fue trasladado al Equipo Quirúrgico, falleciendo en el trayecto, antes de ser ingresado.

En el lugar se había personado el Juzgado de Guardia, que era el número 8 de los de Instrucción en Madrid. El magistrado Juez, Luis Cabreriza Botija, fue recorriendo las habitaciones del piso en donde se había desarrollado la más espantosa tragedía que se había conocido en Madrid en mucho tiempo. En la alcoba del matrimonio, en el suelo y junto a la cama, se hallaba el cadáver de la esposa del parricida, Dolores Bermúdez, muerta a martillazos. Y junto a ella, el cuerpo sin vida de la pequeña Susana, de 18 meses, degollada con un cuchillo de cocina. Este mismo cuchillo había sido usado por el desquiciado sastre para matar a sus otros cuatro hijos. José María, Juan Carlos y Adela, estaban en sus respectivas camas, no así la hija mayor, María Dolores, hallada en el cuarto de baño, sin duda tratando de huir de la furia homicida de su padre.

El juez de guardia ordenó el levantamiento de los cadáveres y la autopsia, así como la incautación de las armas homicidas: el martillo, la pistola y el cuchillo.

Psiquiatras eminentes opinaron que el sastre, obsesionado por las supuestas dificultades problemas y contratiempos que una y otra vez le proporcionaba la construcción de su chalet, debió despertarse aquella mañana con la monstruosa idea de matar a su familia. En su desequilibrado cerebro debieron de bailar miles de enemigos inventados en el delirio y como amaba entrañablemente a su mujer e hijos, no quiso abandoarlos a este infortunado mundo sufriendo, Dios sabe, que fantásticas, que desquiciadas, pesadumbres.

Un último dato de lo más inquietante y que hace pensar en retorcidas y malignas coincidencias, en oscuras y predestinadas sincronicidades. El edificio número 3 de la calle Antonio Grilo, tenía ya por aquel entonces un puesto destacado en la historia de la crónica negra madrileña. El 5 de noviembre de 1945, en el piso 1º derecha, el propietario e inquilino de la susodicha vivienda, un camisero de 48 años llamado Felipe De La Breña Marcos y natural de Puente del Arzobispo, provincia de Toledo, fue hallado cadáver. Le habían golpeado con un candelabro y posteriormente le habían estrangulado hasta la muerte. El móvil fue aparentemente el robo, pues la casa se hallaba revuelta, patas arriba. La Policía nunca pudo identificar y detener al autor de la asesinato del camisero de la calle Antonio Grilo. El crimen quedó impune.

sábado, 18 de agosto de 2012

El Templo Hermético

Es indudable que la Orden del Temple, como otras muchas fundadas más o menos en aquellos tiempos, poseía muchos conocimientos ocultos.

A los Templarios se les atribuye la paternidad de la Francmasonería, y es posible, como afirman algunos historiadores, que sus riquezas, con ser muy elevadas, no radicaran tanto en los bienes materiales como en los antiguos misterios esotéricos.

Esta Orden siempre estuvo auroleada por el más absoluto misterio. Y no es casual que el papa Inocencio III, el 29 de marzo de 1139 decidiera dictar la bula Omne Datam Optimum, concediendo una extraordinaria amplitud a aquélla, pues a excepción de la autoridad del Pontífice, no estaban sometidos a ningún otro poder eclesiástico.

El hermetismo, que fue aprovechado para inventar toda clase de calumnias contra la Orden, y para acabar con su poderío económico y militar, se debía a unas reglas muy severas que imponían el máximo secreto sobre la organización de la Orden; así, por ejemplo, una rígida y excesiva disciplina obligaba a la abnegación y al anonimato más perfectos por parte de los monjes-soldado.

Poe dijo una vez: Puesto que apenas cabe imaginar una época en la que no existiese la necesidad o al menos el deseo de transmitir informaciones que escaparan a la comprensión general, cabe suponer que la práctica de la escritura cifrada se remonta a una altísima antiguedad.

En realidad, los Templarios desarrollaron diversas actividades económico-administrativas, bien conocidas y documentadas. Todo esto requería el mayor secretismo posible, pues en aquella época se perdían o eran destruidos muchos documentos, y ciertos escritos no debían caer en manos extrañas. Durante el maestrazgo de Roberto de Crayons se adopto la popular Cruz Templaria, también llamada Cruz de las Ocho Beatitudes, con el siempre número templario ocho y el octágono como resultado de la unión de sus brazos, el doble cuadrado, el octágono, como la más perfecta acercamiento a la perfección de la geometría cabalística que representa el círculo, que es el cielo, el infinito, Dios; y también como representación de los cuatro elementos y los respectivos estados de la materia, que coincidentemente suman; como la planta octogonal de la Mezquita de la Ascensión, situada sobre las ruinas de la casa fundacional de la Orden, el mítico Templo de Salomón. Las coincidencias con el místico número y el Temple, son innumerables.

Naturalmente, los Templarios tuvieron que imaginar una simbología y un alfabeto secretos; y algunos de los símbolos grabados en sus construcciones tienen una interpretación fácil, aunque otros no tanto...

Sin embargo, su alfabeto secreto debía acabar con la paciencia de criptógrafos de la época, pues no bastaba con descifrarlos, lo que ya era harto difícil, sino que además era preciso saber colocar cada signo en su sitio e interpretarlo debidamente, y hay que tener en cuenta que el alfabeto contaba con abundantes signos auxiliares, de muy difícil comprensión.

Cada hermano recibía una de esas cruces, que debía llevar siempre consigo, permitiéndole descifrar los signos y así mismo, servirse de la misma para redactar otros mensajes cifrados.

El alfabeto del Temple contenía 25 signos, que no se colocaban en la posición ordinaria sino cruciforme o circular, de acuerdo con el movimiento que el poseedor de la Cruz Ochavada o de las Ocho Beatitudes ejecutase con cada uno de sus brazos.

Un ejemplo clásico es el famoso cuadrado mágico: SATOR - AREPO - TENET - OPERA - ROTAS, que aparece ya en las ruínas de Pompeya, así como en una Biblia Latina del siglo VIII, en unos manuscritos griegos del siglo XII, en momendas austríacas del siglo XIV, en Santiago de Compostela y en numerosos edificios y construcciones levantadas por la Orden del Temple, cuadrado que nadie hasta ahora ha logrado descifrar satisfactoriamente.

S A T O R
A R E P O
T E N E T
O P E R A
R O T A S

Estas palabras son las mismas leídas en cualquier sentido, de arriba a abajo, y al revés, de izquierda a derecha y al revés. En realidad, es el más popular de los cuadrados mágicos, el que ha sido más estudiado y examinado, y el que nunca ha sido desenmarañado a plena satisfacción por los expertos en criptografía.

Volviendo brevemente a un lugar estrechamente vinculado a los Templarios y a la criptografía, y que ya ha ocupado espacio en alguna entrada de este blog, un lugar lleno de misterio y magía. Dicho lugar, no es otro, que la pequeña villa francesa de Rennes-le-Château, ubicada en el valle del Aude, cerca de Carcassonne, capital del Departamento del Aure, en el Languedoc, sede de antiquísimos enigmas y de supuestos tesoros; allí las piedras hablan, pero la verdad es que hasta el momento actual nadie ha entendido su lenguaje.

El misterio, si existe en realidad, estaría conectado con la repentina riqueza del cura Bérenguer Saunière, párroco del pueblo, entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, el cual, de la más completa pobreza pasó en muy reducido espacio de tiempo a gozar de la mayor riqueza, para asombro de todo el mundo, y de un modo tan enigmático que dio pie, y todavía lo da, a muchas especulaciones por parte de numerosos investigadores, incluso de los actuales.

Al parecer, el meollo del asunto se hallaría en unos antiguos pergaminos que se encontraron casualmente debajo de un altar, mientras estaban llevando a cabo unas obras de reparación del templo, hacia 1891, obras ejecutadas gracias a un crédito concedido por el municipio de Rennes.

El cura, de alguna manera logró descifrar los pergaminos, o alguien se los descifró, al menos en parte, llegando así a descubrir su contenido. Poco después se acabó su pobreza, lo que dio pábulo a muchas habladurías, por lo que el cura trató de ocultar, por medio de mensajes cifrados, sus secretos, haciendo desaparecer ciertas pistas e inscripciones de algunas lápidas del cementerio cercano a la iglesia, pero sin saber que afortunadamente ya habían sido copiadas por los arqueólogos y otros investigadores.

Cuando Saunière falleció en 1917, ni siquiera sus superiores, cuyas pesquisas había sabido esquivar, habían averiguado lo más mínimo. Sí, se hablaba de fabulosos tesoros, godos, romanos, merovingios... y naturalmente Templarios.

Porque en verdad, la Orden del Temple, aquellos valientes y misteriosos monjes-soldados, también estuvieron en aquella zona de los Pirineos, lindante con Cataluña y Huesca. Cerca de allí, en efecto, la Orden poseía dos encomiendas cuyas ruinas subsisten todavía. Se sabe que cuando Felipe IV de Francia suprimió a los Templarios lo hizo en busca de sus tesoros, que jamás consiguió, por lo que cabe pensar que el cura de Rennes, hombre tenaz y ambicioso, había levantado el velo del más tremendo misterio.

Hay que decir, dinalmente, que Rennes-le-Château se halla en el epicentro de la herejía cátara o albigense, de la que también os he hablado en este blog, por la fascinación que siempre despertó en mí; y es sabido que poco antes de la caída de su fortaleza en Montségur, no lejos de allí, se logró sacar del castillo un gran tesoro, al parecer jamás habido, y que sin duda fue escondido en algún sitio, esperando servirse del mismo en fecha no muy lejana o para evitar que cayese en manos del enemigo.

Los textos conservados, pues, a última hora, el susodicho cura los destruyó en gran parte, y el estudio de algunos detalles de las obras que emprendió sin regatear el dinero en su parroquia, podrían ser una pista oportuna.

Pero el servicio de criptografía francés nunca ha intentado descifrar todo este cúmulo de pistas y pruebas, y en todo caso, si llega a descubrirse tal tesoro, es posible que no se trate de oro ni de piedras preciosas, como aventura la preciosa novela de Peter Berling, Los Hijos del Grial, algo más grande y terrenal, vivo y palpable; o quizás un tesoro sí, pero de un conocimiento antiquísimo, más valioso que el más grande de los tesoros materiales.

Relacionando esoterismo, hermetísmo y Temple, podemos aventurar que el sumum de sus creencias se apartan bastante del dogmatísmo católico. Su cristianismo es un cristianismo solar, gnóstico, donde el conocimiento y la sabiduría es el verdadero camino hacia Dios y la salvación y elevación del alma; con raices indoeuropeas y no judías. Prueba de ello es el famoso Cristo renano del siglo XIV, un regalo a la Orden de los Pobres Caballeros, por parte de otros monjes-guerreros, los de la Orden Teutónica, que se conserva en el antiguo convento de Puente la Reina en Navarra, donde Jesús aparece crucificado sobre una orquilla de árbol en forma de Y griega. Símbolo del mítico árbol del Mundo de los indoeuropeos, representación de la pata de oca, otro símbolo templario, que podemos observar a lo largo de todo el Camino de Santiago y que a su vez, configura la runa Man, evocadora de la resurección y la vida eterna. Así todos estos símbolos que para aquellos no iniciados en lo mistérico, sólo llaman la atención por su extravagancia, implican una imagen crística relacionada intimamente con el arquetipo del Kristo solar, que para los nórdicos era Wotan u Odín, crucificado en el árbol Irminsul durante nueve días para poder descifrar el misterio y el poder mágico de las runas. Sobra decir, que las runas, como señales de un conocimiento revelado, aparecen en casi todas las construcciones templarias, habiendo sido posiblemente uno de los primeros alfabetos del mundo.

Como decía el Rabí de Galilea: el que tenga ojos, que vea.

Dedicado con afecto al templario Juan Manuel Parrilla Mota.








domingo, 15 de julio de 2012

La Otras Vidas De Cristo

Para el cristianismo actual, los únicos evangelios oficiales o canónicos son los de Marcos, Mateo, Juan y Lucas. Éstos son, en enfecto, los testimonios más antiguos sobre la vida de Cristo, escritos a finales del siglo I, y desde finales del siglo II fueron reconocidos como los únicos válidos. Pero desde una época muy antigua circularon junto a ellos otros textos similares, que recogían episodios diversos de la vida de Jesús, muchos no coincidentes con la versión canónica. Se los denominó evangelios apócrifos, es decir, ocultos, en alusión a que eran de origen dudoso o incluso constituían falsificaciones de los evangelios auténticos.

En la actualidad existe un gran interés por estos evangelios apócrifos, a causa del deseo un tanto morboso de encontrar en estos escritos algunas verdades, más o menos interesantes o comprometidas, que la Iglesia habría pretendido ocultar de la vista de los fieles. Sin embargo, hay que insisitir en que las diversas Iglesias cristianas, entre ellas la católica, no se oponen a la difusión de estos textos. Y también debe subrayarse que los evangelios apócrifos son todos más tardíos que los canónicos e incluyen elementos manifiestamente legendarios, por lo que no pueden considerarse como fuentes directas sobre la vida de Jesús ni sobre los orígenes del cristianismo. (Aunque no puede descartarse que algunas partes, no muchas ciertamente, de estos textos estuvieran como fondo colecciones de tradiciones orales sobre Jesús que no tuvieron la suerte de ser reconocidas y aceptadas generalmente).

Pese a ello, no puede negarse que los evangelios apócrifos tuvieron gran trascendencia para la historia de la teología, de la liturgia y de la Iglesia en general. Así, algunos elementos de los apócrifos, como los relacionados con la Virgen María, se integraron en la devoción cristiana de épocas posteriores. Por otra parte, su lectura nos ilustra sobre la forma en que se comprendió el cristianismo en los primeros siglos de su historia, y en particular la figura de Jesús, de la que los evangelios apócritofs ofrecen una imagen muy diferente a la de los evangelios canónicos.

Se conservan en total unos cincuenta evangelios apócrifos, que los estudiosos clasificas de diversas formas: por su tendencia teológica, como los evangelios gnósticos, por la etapa de la vida de Jesús, existen, por ejemplo, evangelios de la natividad, de la infancia o de la pasión de Cristo, o por algunos temas colaterales, como los apócrifos asuncionistas, que abordan la muerte o dormición de la Virgen.

Los evangelios gnósticos dibujan una figura de Jesús muy distinta a la que aparece en el resto de los evangelios apócrifos. Para los seguidores de las corrientes gnósticas, la salvación se obtenía no por la pasión y la muerte de Cristo en la cruz, sino por la fe y por el conocimiento revelado (la gnosis) que Cristo compartía con algunos escogidos. En los evangelios gnósticos, Jesús aparecía como un ser divino emanado de un Padre Trascendente, que era enviado a la tierra con el fin de rescatar a los espíritus aprisionados en la materia, esto es, la carne.

Entre los evangelios gnósticos destaca el Evangelio de Tomás, uno de los más antiguos, puede datarse a mediados del siglo II, que constituye un conglomerado de 114 dichos de Jesús. También puede mencionarse el Evangelio de Felipe, una colección de sentencias teológicas para ser utilizadas como catequesis sacramental, o para un cierto rito de iniciación baustismal de tipo gnóstico. Ambos se encontraron en 1945 en la traída y llevada Nag Hammadi en Egipto, dentro de una colección de 50 textos transcritos sobre 13 códices en papiro. Aunque estos códices fueron copiados, y tal vez traducidos al copto, en el siglo IV, los originales son textos griegos bastante más antiguos, probablemente de los siglos II y III.

Otro evangelio de carácter gnóstico es el Evangelio de Judas, difundido en 2006, aunque hallado unos años antes. Lo más llamativo de este texto es el punto de vista peculiar acerca del polémico compañero de Jesús, presentado no como el traidor, sino como el discípulo que mejor entendía al Maestro, un verdadero conocedor, un gnóstico digno de las revelaciones que Jesús no hizo a sus otros discípulos. Entre estas revelaciones destaca la constitución del universo y la suerte futura de las almas. Al final del evangelio, Judas recibe el encargo, glorioso y triste a la vez porque nadie será capaz de comprenderlo, de entregar el cuerpo de Jesús a las autoridades judías para facilitar así la redención. El premio de Judas será un lugar especial junto a la divinidad cuando su alma sea elevada al cielo.

Dejando a un lado los evangelios ligados al gnosticismo, uno de los apócrifos más antiguos y significativos es el Evangelio de Pedro, descubierto en 1886. Esta escrito en griego, y ya hacia el año 190 era conocido por Serapión, obispo de Antioquía. El texto comienza abruptamente, lo que denota que sólo nos ha llegado un fragmento. Entre otras cosas, se cuenta como en el proceso de Jesús ninguno de los judíos quería lavarse las manos, como hizo Poncio Pilato, así como la previsora petición de José de Arimatea al mismo Pilato de que le concediera el cuerpo de Jesús tras su muerte. Luego se describe la crucifixión, con dos importantes variantes repectos a los evangelios canónicos: Jesús no parece sentir dolor alguno, y cuando estaba a punto de morir rompe su silencio y exclama:
¡Fuerza mía, fuerza mía, tú me has abandonado!.

El Evangelio de Pedro describe también la resurrección, cosa que ningún evangelio canónico hace. Se añaden detalles curiosos como una cruz parlante que siguió a Jesús por los aires cuando salió de la tumba. Al recibir la noticia de la resurrección, Pilato ordenó que no se publicara. Aquella misma mañana María Magdalena acudió con sus amigas al sepulcro; al encontrarlo vacío, un joven les dio la noticia de la resurrección y las mujeres huyeron aterrorizadas. Mientras tanto, los doce discípulos, sumidos en la aflicción, volvieron cada uno a su casa. El relato se interrumpe cuando probablemente se iba a narrar una aparición de Jesús a Pedro en Galilea.

El Evangelio de Pedro llama profundamente la atención por su deslizamiento hacia lo mítico y novelesco, así como su afán apologético, mucho más acentuado que en los evangelios canónicos.

A la misma época pertenece otro evangelio apócrifo de gran riqueza narrativa. Su primer editor moderno en el siglo XVI lo llamó Protoevangelio de Santiago, aunque el manuscrito más antiguo se titula Nacimiento de María: Revelación de Santiago. El texto cuenta cómo dos ricos y ancianos personajes de Israel, Joaquín y Ana, tuvieron finalmente una hija por intervención divina, a quien llamaron María. Cuando la pequeña tenía tres años, la llevaron al Templo de Jerusalén, donde se quedó sirviendo al Señor y fue alimentada por un ángel. A los doce años los sacerdotes decidieron entregarla por esposa a un viudo de Israel. Reunidos todos los viudos, cada uno con una vara, ocurrió que de la de José salió una paloma, por lo que fue designado como esposo de María.

José hubo de ausentarse por motivos de trabajo, y entonces tuvo lugar la anunciación del ángel y la promesa del nacimiento virginal. A los seis meses, José volvio y encontró a María encinta. Cuando esta negó haberle engañado, José quedó perplejo. Entre tanto, la noticia llegó a oidos de los sacerdotes, que acusaron a José de haber abusado de María. Ambos fueron sometidos a la ordalía de la ingestión de agua sagrada y enviados a una montaña, pero los dos volvieron sanos y salvos.

A continuación se narra la orden de Augusto de censar a todo el pueblo. Puestos en camino, al llegar el momento del parto, José y María entraron en una cueva. Se produjeron entonces signos y prodigios maravillosos, como una partera que se mostró incrédula y exigió una comprobación física de la virginidad de María. Al realizarla, la mano de la partera quedó carbonizada por su incredulidad. Arrepentida, posteriormente se curó al coger al niño Jesús entre sus brazos. Sigue luego la visita de los magos y la matanza de los inocentes, narradas con sobriedad.

Cabe señalar que en el Protoevangelio se anuncian ya todos los futuros temas que desarrollarán la mariología cristiana. Es también reseñable notar cómo el autor resuelve el problema de hermanos de Jesús: José era viudo y había aportado al matrimonio con María unos hijos, fruto de sus anteriores esponsales, a los que luego se llamaría, impropiamente, hijos de María y hermanos de Jesús.

El notable influjo que ejerció el Protoevangelio de Santiago en la literatura posterior se advierte en el denominado Evangelio de Pseudo Mateo, de autor desconocido. La primera parte de ese texto no es más que la reelaboración del Protoevangelio, mientras que la segunda contiene elementos muy diversos, procedentes de narraciones apócrifas sueltas que debieron forjarse entre los siglos IV y V.

Esta segunda parte se inicia con el viaje de la Sagrada Familia a Egipto, en el que ocurrieron gran número de prodigios. A los tres años Jesús retornó a Palestina, concretamente a Galilea, donde transcurrió su infancia entre toda clase de hechos portentosos. Uno de los más conocidos es el de las doce estatuillas en forma de pájaro que Jesús elaboró con barro; cuando el niño dio unas palmadas los pajarillos echaron a volar. Jesús era temido entre sus compañeros de juegos, pues aquellos que se enfrentaban con él caían como fulminados por un rayo. La familia se trasladó luego a Nazaret, donde Jesús empezó su vida escolar, causando evidentes dificultades a sus maestros. Cuando uno de ellos se atrevió a castigar a Jesús con una vara por una respuesta que le pareció irrespetuosa, cayó muerto en el acto. El niño iba sembrando el terror entre sus vecinos, por lo que la familia hubo de trasladarse a Belén. En la conclusión de su relato, el autor volvía a tomar la explicación de los hermanos de Jesús que proponía el Protoevangelio de Santiago.

El Evangelio de Pseudo Mateo trataba de presentar al niño Jesús como un héroe maravilloso, omnisciente y poderoso. Pero la imagen que se desprende del texto es más bien la de un chiquillo arrogante, díscolo, caprichoso y hasta asesino. Pese a ello, la influencia de este evangelio en escritores posteriores, sobre todo en la Edad Media, fue enorme, y sus milagros entraron de lleno en la Leyenda Áurea de Jacobo de Vorágine, recopilada en el siglo XIII.

Las Actas de Pilato o Evangelio de Nicodemo fue elaborado, al igual que el Evangelio del Pseudo Mateo, en una fecha relativamente tardía, entre los siglos IV y V. Se compone en realidad de dos partes diferenciadas: una primera que puede llamarse propiamente Actas de Pilato, y una segunda, algo más breve, que no lleva título y se suele denominar Descenso de Cristo a los infiernos.

El contenido de las Actas trata fundamentalmente del proceso a Jesús. Nicodemo, un fariseo simpatizante de Jesús mencionado en el Evangelio de Juan, intercede por Cristo en el tribunal. Pilato también se muestra muy favorable al reo, aunque al final cede a las exigencias de los judíos. Sigue el relato de la crucifixión de Jesús al lado de Dimas y Gestas, los dos ladrones. Pilato y su mujer se dolieron por su muerte, ayunando durante un día. Luego José de Arimatea obtuvo de Pilato el cuerpo de Jesús, pero, tras enterrarlo, fue prendido y amenazado por los judíos. Éstos deliberaron cómo darle muerte, pero cuando fueron a buscarlo a la prisión la encontraron vacía.

Mientras tanto, los guardias apostados en el sepulcro fueron testigos de la resurección y la contaron a los judíos, que no los creyeron. A continuación se relata la aparición de Jesús en Galilea, ante José de Arimatea, un sacerdote, un doctor de la Ley y un levita, quienes narraron al Consejo de sacerdotes la aparición y la consiguiente ascensión de Jesús a los cielos.

El Descenso a los infiernos se presenta como continuación de la obra anterior, aunque el autor es claramente otro y es algo más tardío. Se nos ha transmitido en dos recensiones, una griega y otra latina. En la griega, José de Arimatea interviene en la última reunión del Consejo de ancianos, donde argumenta, como prueba de la resurrección de Jesús, que otros muchos han resucitado con él. Todos marchan a Arimatea, donde encuentran, efectivamente, a los resucitados a los que se refería José. Estas personas, entre ellas hay dos llamadas Leucio y Carino, toman papel y pluma y redactan un informe sobre la resurrección de Jesús y las maravillas que obró en el infierno.

En la recensión latina son el sacerdote, el levita y el doctor, personajes de la primera parte del evangelio, quienes cuentan cómo en el retorno de Galilea, donde habían sido testigos de la ascensión, hasta Jerusalén les salió al encuentro una gran multitud de hombres vestidos de blanco, que resultaron ser los resucitados de Jesús. Entre ellos reconocieron a Leucio y Carino, que les contaron los maravillosos sucesos tras la muerte de Jesús. Luego narran cómo Cristo descendió a los infiernos para liberar de las garras de Satanás a los justos que habían vivido antes de su venida a la tierra. Acto seguido todos se encaminaron al paraíso. La recensión griega concluye con una escena en la que los patriarcas se encuentran con el buen ladrón, que les estaba esperando para entrar con ellos en el paraíso.

Existe un grupo de evangelios apócrifos que tratan de un tema que tendría gran fortuna en el cristianismo medieval y moderno: la asunción de María al cielo. Son textos de fecha relativamente tardía, siglos IV y V, aunque algunos investigadores pretenden ver el origen de la tradición sobre la muerte y asunción de María en relatos antiguos que se remontarían hasta el siglo II.

El más significativo de estos textos es el Libro de San Juan Evangelista. El texto comienza relatando cómo, tras la resurrección de Jesús, el arcangel Gabriel se le apareció a María para anunciarle su pronta marcha de este mundo. Dias más tarde, María pidió en sus oraciones ver de nuevo a los apóstoles. El Espiritú los reunió a todos, incluso a aquellos que ya habían muerto, que fueron resucitados para ofrecer compañía a María; cada uno de ellos informó a la Virgen sobre su actividad apostólica. A continuación se presentó en casa de María un nutrido ejército de ángeles, que realizaron numerosos portentos en la naturaleza y entre los hombres, como curaciones milagrosas. Los judíos, sin dejarse impresionar, decidieron marchar contra la Virgen, o al menos lograr que el gobernador romano la expulsara del territorio. Finalmente, éste envió sus tropas contra María, pero el Espíritu la transportó, junto con los apóstoles, hasta Jerusalén.

Al enterarse de su presencia en la ciudad santa, los judíos corrieron con leña para prender fuego a la casa en la que María y sus acompañantes se habían instalado. Pero, al acercarse, salió de ella una violenta llamarada que acabó con una buena parte de los asaltantes. Luego Cristo se apareció ante todos, rodeado de ángeles. María logró de Jesús que se concedieran en adelante gracias especiales a los que invocaran su nombre con fervor. Se produce luego el momento solemne del tránsito: María bendice a cada uno de los apóstoles y Dios extiende sus manos y recibe el alma de María, mientras su cuerpo queda en la tierra.

Durante el traslado del cadáver al huerto de Getsemaní, un judío intentó profonarlo, pero sus manos quedaron colgadas del féretro, separadas del cuerpo; por intercesión de los apóstoles fue curado posteriormente. El cuerpo de la Virgen fue depositado en un sepulcro, en torno al cual se oían voces de ángeles y se expandía un exquisito perfume. Al tercer día dejaron de oírse las voces, y todos comprendieron que su inmaculado cuerpo había sido trasladado al paraíso.

Podemos comprobar, así pues, que los evangelios apócrifos están lejos de ser fuentes históricas sobre la vida de Jesús. Constituyen propiamente obras de ficción, de una riqueza narrativa extraordinaria, y que han ejercido enorme influencia en la devoción cristiana posterior.


domingo, 22 de abril de 2012

Viriato: Pastor, Bandido Y General

Recobraron ánimo los lusitanos gracias a Viriato, hombre de gran habilidad, que de pastor se hizo bandolero, de bandolero se convirtió súbitamente en militar y general, y de no abandonarle la suerte hubiera sido el Rómulo de España. Así resume la trayectoria de Viriato el historiador hispanorromano Lucio Anneo Floro.

Quizás en la observación final (Rómulo de España, nada menos) le traicionase el orgullo patrio. En lo demás no hace sino recoger lo que era un tópico ya desde los primeros historiadores griegos que se ocuparon del lusitano. (Diodoro, Sículo, Apiano), y que también recogió, con ligeras variantes, el romano Tito Livio.

Es Apiano precisamente quien en la parte de su Historia Romana dedicada a Iberia introduce a la figura de Viriato a raíz de la famosa felonía del gobernador romano de la Hispania Ulterior, Servio Galba, en el año 150 A. C. Los guerreros lusitanos, cogidos entre dos fuegos (el gobernador de la Hispania Citerior, Licinio Lúculo, había acudido en ayuda de su colega) decidieron rendirse. Galba, con el señuelo de proporcionarles tierras donde vivir en paz, los concentró en un determinado lugar, divididos en tres grupos, y tras hacerles entregar sus armas ordenó a sus legionarios acabar con ellos. Según el detallado relato de Apiano, pocos de ellos consiguieron escapar, entre los que se encontraba Viriato, que no mucho después fue el caudillo de los lusitanos y aniquiló a muchos romanos y dio muestras de grandes hazañas.

Hasta ese episodio, el más cruel y vergonzoso de la conquista romana de la península Ibérica, las fuentes casi nada nos dicen de nuestro personaje. Si coinciden en atribuirle un humilde linaje y situar su nacimiento en la parte de la Lusitania próxima al océano. Esta región de la Península se extendía desde el Duero hasta las desembocaduras del Guadiana y el Guadalquivir, y coincidía más o menos con el territorio de la provincia romana del mismo nombre que el emperador Augusto creó más de un siglo después. Incluía la mayor parte de Portugal y de las provincias españolas de Zamora, Salamanca, Cáceres, Badajoz y Huelva. El dato de la proximidad al mar sitúa la patria de Viriato en el actual territorio portugués, probablemente al sur, en la zona del Algarve, aunque, como suele ocurrir en estos casos, son muchos los lugares que reclaman ese honor. El nombre de Viriato era frecuente en esa zona, a juzgar por los documentos epigráficos. Es un derivado de la palabra latina viria, que era el nombre de los brazaletes de oro o plata que lucían los guerreros hispanos, según cuenta Plinio el Viejo.

De su etapa de pastor nada sabemos: ni sobre la especie de ganado (ovejas, vacas, aquellas famosas yeguas lusitanas a las que, de creer a Plinio, fecundaba nada menos que el viento Favonio), ni si pertenecía a su familia o bien lo cuidaba al servicio de algún amo. Esto último es lo más probable, según la opinión general sobre la humildad de su linaje. Todos los autores insisten en que desde su juventud destacó por sus condiciones físicas naturales, reforzadas por el continuo ejercicio y la vida al aire libre. Más tarde sacaría un extraordinario partido de ello, pues no sólo era extremadamente rápido en la persecución y en la huida y muy fuerte en la lucha a pie firme, sino que era superior a toda clase de cansancios e inclemencias.

El paso de pastor sin recursos a bandolero (ladrón, para la mayoría de los historiadores romanos) debió de ser natural para él en cuanto alcanzó la edad adulta. Pero no era ésta una tradición exclusiva de los lusitanos. Que los habitantes de las tierras más pobres y ásperas se dedicaran a saquear las de sus vecinos más ricos era lo habitual entre los pueblos de esta zona de la Península.

De creer a Diadoro, era una costumbre muy propia de los íberos, pero sobre todo de los lusitanos, que, cuando alcanzan la edad adulta aquellos que se encuentran más apurados de recursos, pero destacan por el vigor de sus cuerpos y su denuedo, preveyéndose de valor y de armas van a reunirse en las asperezas de los montes; allí forman bandas considerables que recorren Iberia, acumulando riquezas con el robo y ello lo hacen con el más completo desprecio de todo. El geógrafo Estrabón insiste en los mismo: Al habitar una tierra mísera y tener además poca, estaban ansiosos de lo ajeno. Los objetivos preferidos de estas bandas eran principalmente las zonas ya ocupadas por los romanos, por lo que éstos se veían obligados a intervenir sin tregua en su defensa, con diversa fortuna. La cosa duraba prácticamente desde la expulsión de los cartaginenses durante la segunda guerra púnica, cincuenta años antes. En este momento, sin embargo, aquellas bandas más o menos anárquicas se aglutinaban hasta formar auténticos ejércitos, como los que se habían enfrentado a Lúculo y Galba. 

Tras la felonía de este último, por más que los autores siguieran aplicando a los lusitanos el calificativo de ladrones, la lucha dejó de tener un objetivo exclusivamente econónomico para derivar hacia la venganza y la resistencia política frente a un invasor despiadado. La banda se había convertido en una auténtica guerrilla. Los huidos consiguieron reunir cerca de diez mil hombres que se dedicaron a saquear las ricas tierras del valle del Guadalquivir, la Turdetania, territorio ya pacificado y controlado por los romanos. Entre ellos se encontraba, como hemos visto, el joven Viriato. Les salió al paso el nuevo gobernador, Cayo Vetilio, quién consiguió sorprenderlos y acorralarlos en un lugar sin salida. A los lusitanos no les quedó más remedio que rendirse y enviar embajadores a Vetilio con ramas de suplicantes prometiendo aceptar el dominio romano a cambio de tierras. Vetilio aceptó y se firmó un acuerdo. Pero entonces intervino Viriato previniéndoles contra la perfidia de los romanos y prometiendo que él los sacaría del cerco en que había caído si estaban dispuestos a seguirle. Así lo hicieron y lo eligieron como jefe. Corría el año 147 A. C.

Dux o imperator en los textos latinos: strategos, dynástes y hegemon en los griegos. Así se desginaba a los generales en jefe de un ejército. Y esos son los términos que se le aplican de entonces en adelante a Viriato, quien no tardó en demostrar que tenía un innato sentido de la estrategia. Según Apiano, era amante de la guerra y un señor de la guerra; para Diodoro, era belicoso y conocedor del arte bélico. Para estrenar su jefatura ideó una estratagema mediante la cual sorprendió al confiado Vetilio y consiguió cumplir su palabra poniendo a salvo al ejército lusitano. Cuando la noticia se difundió, aumentó su prestigio y gracias a ello, se le unió un gran número de hombres procedentes de todas partes. Así se reunió alrededor de Viriato un ejército heterogéneo de varios miles de hombres (lusitanos y célticos, pero también vetones, vacceos, bastetanos) que le seguían ciegamente.

Estrabón nos ha dejado una descripción de esta tropa variopinta: Llevan armamento ligero y son expertos en las maniobras. Tienen un escudo pequeño de dos pies de diámetro, cóncavo por delante y sujeto con correas porque no lleva abrazadera ni asas, y portan además un puñal y un cuchillo. La mayoría visten cotas de lino; son raros los que usan mallas y cascos de tres penachos; y los demás cascos de nervios. Los de a pie llevan grebas y varios venablos cada uno. Algunos usan también lanzas, cuyas puntas son de bronce. Apiano cuenta como acostumbraban a atacar con el tumulto y el griterío propio de los bárbaros y con el cabello largo, que suelen agitar ante los enemigos para infundirles miedo.

Este mismo autor, para resaltar las dotes de mando de Viriato, destacará precisamente que un ejército constituido de elementos tan heterogéneos nunca se rebeló contra su jefe y siempre que fue sumiso y el más resuelto a la hora del peligro. A esta fidelidad hacia su persona contribuían, a parte de su prestigio como estratega, su conducta con los hombres: era el primero en la batalla y también el primero en soportar la extrema dureza de la vida en el monte; así mismo, era justo en el reparto de premios y castigos, y totalmente desprendido a la hora del reparto del botín. Debido a ello, según Diodoro, los lusitanos le seguían de buen grado a la batalla y lo honraban como su benefactor y salvador. No cabe mayor elogio de un general en boca de un griego.

Al frente de este ejército, Viriato libró una guerra que duró ocho años. En los tres primeros, el éxito estuvo de su parte. Primero derrotó a Vetilio, que había seguido acosándoles tras la escaramuza anterior. Las circunstancias se trocaron y ahora fue el ejército romano el que se vio copado. Vetilio y la mitad de su ejército perecieron en la batalla. En los dos años siguientes, Viriato derrotó a todos los gobernadores que Roma envió contra él. No contento con defender la libertad de sus compatriotas devastó con la espada y el fuego las tierras de una y otra parte del Ebro y el Tajo; atacó los campamentos de los pretores y gobernadores de las provincias; esterminó casi por completo el ejército de Claudio Unimano, y con las banderas, trabeas y fasces que nos arrebató erigió en sus montañas grandes trofeos, explica Floro.

Una de esas montañas, el monte de Afrodita (o Venus), al norte del Tajo, era su refugio cuando las cosas se ponían mal y tenía que replegarse. Su audacia no excluía la habilidad para escabullirse, o para fingir hacerlo, a fin de atraer al enemigo a su terreno, sorprenderlo y coparlo. Se podría decir, que la rapidez de movimientos y la habilidad para la emboscada, características de la lucha de guerrillas, fueron patentadas por él. Durante estos años, Viriato no sólo consiguió imponer su dominio en la zona sur de la Lusitania, a uno y otro lado del bajo Guadiana, haciéndose fuerte sobre todo en la Beturia (la actual provincia de Huelva, más o menos), sino que recorría y devastaba impunemente las zonas próximas más ricas como la Carpetania y la Turdetania, donde contaba con muchos simpatizantes incluso entre ricos terratenientes compatriotas, uno de los cuales, de nombre Astolpas, acabaría siendo su suegro.

El Senado romano, alarmado por las noticias que llegaban de Lusitania, decició enviar allí a un peso pesado, el cónsul Fabio Máximo. Éste esperó a reunir un ejército suficiente y bien entrenado para presentar batalla al de Viriato, y la victoria se decantó hacia el lado romano.

El caudillo lusitano se replegó al norte de Sierra Morena, y se dedicó a provocar la sublevación de los pueblos de la Meseta (sobre todo de los arévacos) y de la belicosa Celtiberia. En tal sentido, Apiano lo presenta como el instigador de la guerra numantina, iniciada en 143 A. C. Durante unos años, Viriato y Numancia fueron la pesadilla de los romanos, hasta el punto de que éstos llamaron guerra de fuego a las campañas que les enfrentaban a lusitanos y celtíberos. Incluso hubo problemas en Italia para llevar a cabo las levas necesarias y reunir a los mandos intermedios (los tribunos militares); tal era el pavor que infundían aquellos bárbaros de Hispania.

Tras el fracaso ante Máximo, el ejército lusitano se rehízo y siguió humillando a sucesivos generales romanos hasta que Roma echó mano de otro general prestigioso, Serviliano, hermano de Máximo. Llegó a la Lusitania con 20.000 hombres, más diez elefantes y 300 jinetes provenientes de la provincia romana de Libia. Con este formidable ejército cayó sobre los 6.000 lusitanos que capitaneaba Viriato. Pero éste, con sus hombres en fuga, utilizó de nuevo su vieja táctica de revolverse rápidamente y sorprender así a los confiados y desordenados perseguidores. Los romanos tuvieron que replegarse a su campamento base y hasta allí se atrevió a perseguirles el lusitano que, tras incendiarlo, se retiró a su feudo de Beturia.

Serviliano fue tras él, pero de nuevo la astucia de Viriato le ganó por la mano. El ejército romano fue puesto en fuga y acabó cayendo en una trampa de la que no había escapatoria posible, como antaño les había sucedido a los lusitanos por obra de Vetilio. Viriato decidió aprovechar ese momento en que la fortuna le era favorable para forzar un tratado de paz no ya con Serviliano, sino con el mismo pueblo romano. El Senado lo ratificó y declaró a Viriato, amigo de los romanos, un título reservado para los reyes aliados del Próximo Oriente o del norte de África. Tan lejos había llegado el antiguo pastor lusitano.

Aparentemente, el tratado ponía fin a una guerra que había durado ocho años. Pero para los romanos no dejaba de ser un trágala, y el sucesor de Serviliano, su hermano Cepión, logró que el Senado rompiera el pacto y le dejara las manos libres para acabar con Viriato. Lo hizo fomentando la traición de tres de sus lugartenientes, que los sorprendieron en su tienda y lo degollaron, a pesar de que estaba protegido por la armadura. Según la versión más dramática de Floro, Cepión no titubeó en emplear contra el caudillo abatido y que se proponía capitular, la traición, el fraude y el puñal de sus mismos subordinados, adjudicándole con esta conducta al enemigo la vanagloria de creer que de otra manera jamás hubiera sido vencido. Cuando los traidores fueron a cobrar su recompensa, se le atribuye a Cepión la famosa sentencia: Roma no paga a traidores, haciendo justicia al valor que como hijos de Marte, los romanos daban a los más grandes señores de la guerra. Así acabó, en el año 139 A. C. la andadura histórica de Viriato. Y así empezó la leyenda.

A mi prima, María José Rustarazo Vargas.

jueves, 29 de marzo de 2012

Adenoid Hinkel O El Gran Dictador

Después del enorme éxito logrado por Luces De La Ciudad y Tiempos Modernos, Charles Chaplin, en la cumbre de su fama, se plantes afrontar el riesgo de rodar una película sonora; según cuenta en sus memorias (Historia De Mi Vida, 1965), fue el productor Alexander Korda quien le sugirió en 1937 la idea de filmar una historia sobre Hitler cuyo argumento fuese el engañoso parecido entre el Führer de carne y hueso y el habitual protagonista de las comedias charlotescas.

Las motivaciones para iniciar ese costoso proyecto, su realización le llevaría dos años con un presupuesto de dos millones de dólares de la época, no fueron sólo cinematográficas: Chaplin se propuso también despertar la conciencia democrática y combatir las tendencias capitulacionistas en Gran Bretaña (dominantes desde la Conferencia de Múnich) y aislacionistas en Estados Unidos (sólo el bombardeo de Pearl Harbor en diciembre de 1941 desvanecería ese ensueño). Aunque los trabajos preparatorios de El Gran Dictador se remontan a 1938, los objetivos movilizadores de su alerta temprana no llegaron a tiempo: la película sería estrenada en octubre de 1940, a los 13 meses de la invasión alemana de Polonia e inmediatamente después de la ocupación nazi de Francia y de la batalla aérea de Inglaterra.

Poderosos grupos pronazis intentaron primero sabotear el rodaje de la película y boicotear después su distribuición dentro y fuera de las fronteras de los Estados Unidos; el presidente Roosevelt le dejaría caer a un desconcertado Chaplin durante una visita a la Casa Blanca el reticente comentario de que su película estaba dando muchos quebraderos de cabeza a la embajada estadounidense en Buenos Aires. Tanto el exitoso estreno del film, como la posterior militancia de su director en la causa antinazi y su apoyo al esfuerzo bélico (incluida la opinión favorable a la apertura de un segundo frente que aliviara la presión alemana sobre la Unión Soviética) desataron una feroz campaña contra Chaplin, acusado de comunista. Por supuesto, El Gran Dictador no sería estrenada en la Europa ocupada hasta la rendición de Alemania; en España fue necesario aguardar hasta la muerte de Franco para que se proyectara en nuestras pantallas, un claro indicio de que los disfraces del régimen tras la derrota del Eje dejaron intactas sus viejas, profundas y emocionales lealtades con Hitler y Mussolini.

La película es una sátira feroz del nazismo, un cruel daguerrotipo de Adolf Hitler (Adenoid Hinkel) y de Benito Mussolini (Benzina Napaloni), una crítica ridiculizadora de la mística fascista, una conmovedora reivindicación de la libertad, la igualdad y la democracia. Los discursos inarticulados de Chaplin como Hynkel son una genial imitación cómica de las arengas hitlerianas en Núremberg, Múnich o Berlín. La secuencia del dictador jugando con un enorme globo, o César o nada, es seguramente la mejor interpretación de toda la carrera cinematográfica de Chaplin, sin que desmerezcan otras escenas antológicas como las condecoraciones arrancadas a Göring (Herring) por su jefe, los inventos del TBO, el traje a prueba de balas y el paracaídas miniaturizado, que les cuesta la vida a sus patentadores, la accidentada llegada del tren especial de Napaloni a la estación de la capital de Tomenia, el gran baile en la cancillería o la bronca rebozada en fresas y mostaza entre Hitler y Mussolini a propósito de la inminente invasión de Austria.

Como contrapunto del Chaplin - Hinkel, es el Charlot barbero, veterano soldado de la Gran Guerra como servidor del Cañon Berta que pierde la memoria en un accidente aéreo y regresa años después al gueto judío a reabrir su barbería sin haberse enterado de su asombroso parecido con el dictador. El personaje ya familiar de La Quimera Del Oro y de muchas otras películas mudas se enamora perdidamente de Paulette Goddard (Hanna) y la protege frente a los matones de las Tropas de Asalto de la Doble Cruz. El afeitado de un atemorizado cliente al ritmo de la Danza Húngara, de Johann Brahms, el baile enajenado a consecuencia de un sartenazo involuntariamente propinado por Hanna y las monedas tragadas con disimulo para no pagar el pato en un peligroso sorteo deberían figurar en todas las antologías de los momentos más felices de Chaplin.

En un ensayo sobre Stalin, Martin Amis se extraña de que los ex-comunistas puedan reírse de su pasado mientras resulta inimaginable que un antiguo nazi haga lo mismo. Pero Chaplin amplia esa interrogante hasta incluir a quienes hayan utilizado en algún momento el humor para aproximarse a la barbarie fascista; es la pregunta de quienes han visto reportajes fotográficos y cinematográficos sobre los supervivientes de Auschwitz y leído las escalofriantes estadísticas del exterminio: Si yo hubiera tenido conocimiento de los horrores de los campos de concentración alemanes, escribe Chaplin en su autobiografía, no habría podido rodar El Gran Dictador, no habría tomado a burla la demencia homicida de los nazis. Ciertamente, antes del comienzo de la guerra hubo abundantes indicios de la furia antisemita hitleriana: la oleada de salvajismo de la noche de los cristales rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938, marcó, digamos, un punto de no retorno con la demolición de un centenar de sinagogas, la destrucción de 8000 tiendas judías, el saqueo de innumerables viviendas y la detención de 30000 judíos. Pero ni siquiera esas inequívocas señales permitieron a la mayoría de la gente imaginar las dimensiones de la solución final, la decisión genocida adoptada en enero de 1942 de exterminar a seis millones de seres humanos culpables únicamente, como Chaplin, de tener ascendencia judía.

El Gran Dictador fue concebida, realizada, montada y estrenada a lo largo de un periodo que comienza con los preparativos para la guerra (el Anschluss de Austria, episodio que da fin a la película) y desemboca en la invasión de Polonia y la construcción del complejo concentracionario Auschwitz - Birkenau. Nadie puede censurar a Chaplin por rodar esta maravillosa obra de arte (al margen y por encima de su intencionalidad política), que es a la vez una emocionante reivindicación de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

lunes, 12 de marzo de 2012

El Pozo

Sobre el brocal desdentado del viejo pozo, una cruz de palo roída por la carcoma miraba en el fondo su imagen simple.

Toda una historia trágica.

Hacía mucho tiempo, cuando due recién herida la tierra y pura el agua como sangre cristalina, un caminante sudoroso se sentó en el borde de piedra para descansar su cuerpo y refrescar la frente con el aliento que subía del tranquilo redondel.

Allí le sorprendieron el cansancio, la noche y el sueño; su espalda resbaló al apoyo y el hombre se hundió, golpeando blandamente en las paredes hasta romper la quietud del disco  puro.

Ni tiempo para dar un grito o retenerse en las salientes, que le rechazaban brutalmente después del choque. Había rodado llevando consigo algunos pelmazos de tierra pegajosa.

Aturdido por el golpe, se debatió sin rumbo en el estrecho cilindro líquido hasta encontrar la superficie. Sus dedos espasmódicos, en el ansia agónica de sostenerse, horadaron el barro rojizo. Luego quedó exánime, sólo emergida la cabeza, todo el esfuerzo de su ser concentrado en recuperar el ritmo perdido de su respiración.

Con su mano libre tanteó el cuerpo, en que el dolor nacía con la vida.

Miró hacia arriba: el mismo redondel de antes, más lejano sin embargo, y en cuyo centro la noche hacía nacer una estrella tímidamente.

Los ojos se hipnotizaron en la contemplación del astro pequeño, que dejaba, hasta el fondo, caer su punto de luz.

Unas voces pasaron no lejos, desfiguradas, tenues; un frío le mordió el agua y gritó un grito que, a fuerza de terror, se le quedó en la boca.

Hizo un movimiento y el líquido onduló en torno, denso como mercurio. Un pavor místico contrajo sus músculos, e impelido por esa nueva y angustiosa fuerza, comenzó el ascenso, arrastrándose a lo largo del estrecho tubo húmedo; unos dolores punzantes abriéndole las carnes, mirando el fin siempre lejano como en las pesadillas.

Más de una vez, la tierra insegura cedió a su peso, crepitando abajo en lluvia fina; entonces suspendía su acción tendido de terror, vaciío el pecho, y esperaba inmóvil la vuelta de sus fuerzas.

Sin embargo, un mundo insospechado de energías nacía a cada paso; y como impulso adquirido maquinalmente, mientras se sucedían las impresiones de esperanza y desaliento, llegó al brocal, exhausto, incapaz de saborear el fin de sus martirios.

Allí quedaba, medio cuerpo de fuera, anulada la voluntad por el cansancio, viendo delante suyo la forma de un aguaribay como cosa irreal...

Alguien pasó ante su vista, algún paisano del lugar seguramente, y el moribundo alcanzó a esbozar un llamado. Pero el movimiento de auxilio que esperaba fue hostil. El gaucho, luego de santiguarse, resbalaba del cinto su facón, cuya empuñadura, en cruz, tendió hacia el maldito.

El infeliz comprendió: hizo el último y sobrehumano esfuerzo para hablar; pero una enorme piedra vino a golpearle la frente, y aquella visión de infierno desapareció como sorbida por la tierra.

Ahora todo el pago conoce el pozo maldito, y sobre su brocal, desdentado por los años de abandono, una cruz de madera semipodrida defiende a los cristianos contra las apariciones del Malo.

Ricardo Güiraldes (1886 - 1927).

viernes, 9 de marzo de 2012

Cinema Paradiso

Simplemente, una de las más hermosas y emocionantes películas que he tenido el placer de ver, y desde aquel ya remoto momento, una de mis favoritas. Giuseppe Tornatore coloca unos sólidos cimientos sobre los que edifica una obra colosal, de una magnitud encomiable. Esta construcción se empieza a gestar en la cabina de proyección de un cine de pueblo, donde se nos presenta a un enamorado del séptimo arte llamado Alfredo y a su aprendiz, el pequeño Totó.

La gran estrella invitada a la película es la propia sala, Cinema Paradiso, prácticamente el único vínculo sólido entre los habitantes de este pequeño pueblo. Esta sala cobra una vida inusual, acogiendo en sus butacas a mujeres que dan el pecho, a hombres que roncan, a grandes fumadores, chicos que se masturban sin reparos durante la primera época del destape; a Charlot, a gandules o aficionados que veían el mismo film una docena de veces, a parejas que iban a meterse mano, al cura que censuraba todos los besos ante el abucheo general, a un trailer de La Diligencia, a amores que se encuentran, a Kirk Douglas, a Lo Que El Viento Se Llevó, a familias enteras que vivían cada proyección como si fuese la última, e incluso a un facineroso de los de platea, que se permitía el lujo de escupir a la plebe cuando se le antojaba. Y todos estos personajes y situaciones forman parte de la vida de Totó y de Alfredo, quienes desde su cubículo, desde su santuario, observan a la muchedumbre, cambian el rollo, ríen o discuten.

Con lirismo y poesía, con calma y quietud. Planos impresionantes, alguno de ellos son de incalculable valor y un ambiente de sosegada melancolía que son una maravilla... Esta película es capaz de satisfacer al público más exigente. Y entremedio de todo ello, Tornatore nos regala una de las elipsis más hermosas que he visto en mi vida.

Por si no fuera poco, todo está acompañado por unas notas preciosistas de Ennio Morricone... nos hablan de unos tiempos de magia, de guerra y posguerra, aunque, no demasiado cómodos, sí que entrañables y preciosos. También destacar la hermosa fotografía de Blasco Giurato, y sobre todas las cosas cabe admirar el magnífico trabajo de Tornatore, tanto en el guión como en la dirección de esta bella cinta que ya forma parte del salón de honor del séptimo arte. Un trabajo al cual no le falta nada, una obra maestra contemporánea.

Cinema Paradiso narra con desmesurado talento, la maravillosa historia de Salvatore, un joven cuyo amor por el cine, su tierra, su novia y su amigo del alma, le inspiran a mejorar como persona. Un paseo bello y nostálgico por su vida: su infancia, su adolescencia y su madurez.

Giuseppe Tornatore conjugó los sueños de todo cinéfilo, vivir en una fábula donde cada caída signifique un levantamiento más fuerte, donde se puede jugar con el tiempo, con la tristeza y con la alegría, un mundo al cual tan solo podemos observar y añorar.

Magnificas interpretaciones de los tres Salvatore, el adulto, el joven y el niño; con especial mención de los dos últimos, quienes sencillamente se roban la película con el carisma que impregnaron a las andanzas del personaje central; también tenemos el privilegio de contar con Philippe Noiret, quien brinda una encarnación sencillamente magistral como el bondadoso operador del cinematógrafo.

Cuenta además entre sus mejores logros con uno de los finales más enternecedores de la historia del cine, un epílogo antológico para cualquier amante del cine, un momento invaluable para cerrar esta hermosa y monumental película.

Además, es una de las máximas declaraciones de amor que se le ha hecho al séptimo arte. Es mucho más que una película. Es una historia llena de nostalgia por una personal manera de ver y entender el cine y de vivirlo. Es una película preñada de melancolía, humor y nostalgia.

La estructura que tiene la película, en flashback, según los recuerdos de Salvatore de mayor, nos va preparando para un clímax final que es un homenaje sentido al mundo del cine como vehículo de entretenimiento y aprendizaje para la vida.

A veces es bueno mirar atrás para poder evaluar en que nos hemos convertido y si al madurar somos lo que tiempo atrás soñamos con ser o si por el contrario nos hemos convertido en meras caricaturas de lo que nunca ya lograremos ser.